La búsqueda de un cambio
En Milán, en 2011, tras una experiencia laboral en una multinacional, sentía la necesidad de cambiar, de reencontrar un lugar donde el movimiento fuera natural, donde la mente pudiera reorganizarse mientras el cuerpo encontraba nueva energía. Así decidí emprender un viaje de búsqueda personal, sin programas rígidos ni destinos predefinidos. Solo quería seguir la línea del mar, dejarme guiar por el viento y comprender si en algún lugar podría encontrar una forma de vivir más coherente con lo que sentía, más verdaderamente mía.
Navegando por Internet, descubrí un tramo de la costa ligur donde la antigua vía ferroviaria se había convertido en un largo itinerario peatonal y ciclista, inmerso en el paisaje y en el aroma de la sal. No era solo un carril, sino un recorrido de conexión entre naturaleza, memoria y bienestar. La idea me fascinaba: moverme de manera sostenible, respirar aire marino, atravesar pueblos y estaciones reconvertidas. Así llegué aquí, a esta porción del Poniente donde Cycling Riviera acompaña durante casi treinta kilómetros el perfil nítido del mar.
El trazado entre pasado y horizonte
Caminando o pedaleando a lo largo del recorrido, se percibe que su origen es antiguo y que lleva consigo una herencia de viajes y de historias. En efecto, nació como ferrocarril a mediados del siglo XIX, una obra de gran ingeniería destinada a conectar Génova y Ventimiglia. Pero, con el paso del tiempo, el aumento del tráfico hizo necesario desplazar la línea hacia el interior, dejando libre el antiguo trazado costero. Lo que había sido una infraestructura industrial se transformó así en un corredor verde de movilidad suave, devolviendo al paisaje su ritmo humano.
Hoy, la vía ciclopeatonal del Parque Costero de la Riviera dei Fiori sigue el mar como una cinta silenciosa y continua. Los antiguos túneles, restaurados con cuidado, conservan su atmósfera de época, mientras que las áreas de descanso ofrecen espacios ordenados, sombreados y acogedores. Cada detalle está pensado para la seguridad y el confort de quienes caminan o pedalean. A lo largo del trazado, los pueblos que atraviesa parecen respirar una energía renovada, y el turismo adopta un rostro más respetuoso, ligado a los ritmos lentos y al placer del descubrimiento.
En sintonía con el paisaje humano
Cuando el recorrido fue inaugurado, en 2001, se extendía a lo largo de veintiún kilómetros, desde San Lorenzo al Mare hasta Sanremo. Después, en 2014, la ampliación hasta Ospedaletti Ligure llevó el total a veinticuatro kilómetros. Yo lo recorrí partiendo precisamente desde allí, en dirección a Génova, siguiendo el mar durante una hora y veinte minutos de pedaleo ligero. En 2023, con la prolongación adicional hasta Porto Maurizio, en Imperia, la longitud total alcanzó casi treinta kilómetros de pura libertad, suspendidos entre tierra y mar.
A lo largo del trayecto encontré pequeñas estaciones transformadas en cafeterías, puntos de avituallamiento y servicios de alquiler de bicicletas. Cada municipio ofrece una hospitalidad diversa: hoteles, agroturismos y alojamientos rurales, cada uno con su propia vocación temática. Algunas estructuras están dedicadas al cicloturismo, otras al bienestar o a la gastronomía local. Lo que todas comparten es el sentido del cuidado y de la acogida, la capacidad de hacer sentir al viajero parte de un sistema simple y armónico, donde cada servicio está pensado con medida.
El cuerpo en equilibrio con la naturaleza
Lo que más me impresionó, desde los primeros días, fue el clima. Esta porción del Poniente goza de un equilibrio poco común: el mar aporta aire cálido y luz, mientras que las colinas situadas a sus espaldas protegen de los vientos más fríos procedentes de los sistemas montañosos que se elevan desde el interior inmediato. El ambiente es ideal para vivir al aire libre en cualquier estación, y la prohibición absoluta del tráfico motorizado contribuye a preservar la tranquilidad. Aquí se puede caminar en silencio, escuchar solo los sonidos naturales y percibir una calma profunda.
Pronto aprendí a alternar caminatas y carreras suaves, descubriendo que este itinerario invita de forma natural al movimiento. Las dos vías, una para peatones y otra para ciclistas, ofrecen espacio, seguridad y libertad. Las áreas de descanso se convierten en pequeños gimnasios naturales, perfectos para ejercicios de respiración, estiramientos y fortalecimiento muscular. Cada tramo del recorrido me parecía diseñado para fomentar la conciencia corporal y el contacto directo con el entorno, en un equilibrio entre energía y relajación.
El ritmo del viaje interior
Quienes prefieren otras formas de movilidad también pueden vivir aquí su propia libertad: encontré a muchas personas en patines, con segways, bicicletas colectivas o handbikes. Cada cual puede encontrar su propio ritmo y su manera de avanzar. Es hermoso ver a familias y deportistas individuales compartir el mismo espacio con respeto mutuo. Para mí, pedalear en estos lugares se convirtió pronto en un gesto natural, a medio camino entre afición y meditación. La bicicleta, más que un medio, es una forma de estar en el mundo: un diálogo constante entre concentración, placer y observación.
Tomaba nota de los tiempos de recorrido, de los kilómetros y de las paradas, como si llevara un diario del movimiento. Las señalizaciones kilométricas ayudan a medir el trayecto y la relación entre la energía gastada y las distancias recorridas. Empecé a cuidar mejor la alimentación, adaptándola al ritmo de la actividad física. Por otra parte, tan inmerso en la vegetación mediterránea, resulta natural redescubrir la calidad de los productos locales: verduras, aceite de oliva, pescado fresco y pan fragante como elementos de una dieta sana, sencilla y completa.
La medida del tiempo recuperado
Con el paso de los días percibía que la transformación era también interior: mientras el cuerpo se adaptaba a un nuevo ritmo, la mente aprendía a permanecer en el presente. Cada tramo de costa, cada túnel y cada vista del mar parecen responder a una necesidad de orden y de redescubrimiento de una visión lineal y esencial. Este lugar me devolvió el sentido de aquello que estaba buscando: un espacio donde el movimiento no es huida, sino retorno a uno mismo. Vivir aquí significa dejarse guiar por la naturaleza, que se convierte en maestra de equilibrio, medida y presencia.
Cuando me detengo a observar el atardecer sobre el mar en Ospedaletti, con el sol que se demora hasta más allá de las nueve en las noches de junio, tengo la sensación de que el día nunca termina del todo. La luz se refleja en el agua, el cielo se difumina lentamente y todo a mi alrededor se vuelve silencioso. En esos momentos comprendo que mi búsqueda no se dirigía hacia un lugar distinto, sino hacia una condición de armonía. Tal vez, sin saberlo, siempre había estado buscando un sitio así, capaz de devolverme la medida del tiempo.
Cuando el sol desciende sobre el mar del Poniente y la luz se extiende como terciopelo sobre el agua, todo parece suspendido en un tiempo dilatado. Mis pasos, mis pedaladas, incluso mi respiración se funden con el ritmo lento de la costa, como si el mundo entero se hubiera detenido a observar. Ese silencio, entre los reflejos dorados y las largas sombras de los túneles, me ayudó a comprender que el viaje no es solo desplazamiento: es un retorno, un encuentro con uno mismo y con un ritmo que por fin se siente propio, plenamente alineado.

